El ratoncillo diminuto era capaz de hacer muchas cosas gracias a su tamaño, aunque había algunas que aún no había intentado, ya que en el fondo tenía miedo de equivocarse por ser tan pequeño Una de esas cosas pendientes era atarse los cordones de sus zapatos, que parecía una tarea sencilla, pero que Pérez no se atrevía a hacer, por miedo a que se le quedasen los dedos de las patas enredados en ellos

Un buen día se atrevió a intentarlo… En ese momento pasó su amigo Rodolfo cerca y le dijo… “Hola Pérez, ¿quieres que te ayude a atarte los zapatos?, es que si no igual se te lían los dedos en el cordón” Pérez se puso un poco tenso: “¡Qué va Rodolfo, muchas gracias!, sólo estaba comprobando que estaban bien atados”, y se giró de tal forma que quien pasara ya no podía ver qué estaba haciendo con los zapatos Mientras seguía intentando atarlos, iba pensando: “Reconozco que me da vergüenza que mis amigos se den cuenta de que aún no sé atarme los cordones, pero así será mientras esté aprendiendo” Así que con su vergüenza encima, siguió trasteando con los cordones sin resultado positivo, el ratoncillo estaba pensando que nunca iba a poder atarse los cordones por sí mismo, cuando de repente “Ratoncillo diminuto, déjate ayudar, no pasa nada por no saber hacer las cosas, estamos aquí para aprender” Le dijo su amigo Rodolfo Pérez al sentirse descubierto, bajó la cabeza muy triste y dijo: “Es que pienso que si me ayudas, nunca voy a aprender, porque debo hacerlo por mí mismo, sin pedir ayuda y sin necesidad de que nadie venga a decirme cómo tengo que actuar, y además, soy tan pequeño que nunca voy a conseguirlo” Rodolfo, algo contrariado, le dijo: “Pero Pérez, ¿como piensas así? Me parece muy bien que quieras intentarlo tú solo, pero nunca pienses que no vas a poder”

El ratoncillo diminuto entonces le contestó: “Tienes razón, hagamos una cosa, yo sigo intentándolo solo, y si veo que no puedo, te pido ayuda, pero por favor no se lo digas a nadie más” “¡Hecho!”, le dijo Rodolfo alejándose de Pérez Ahí siguió nuestro amigo Pérez, con mucho afán por aprender a atarse los cordones de los zapatos él solo Pasaron las horas, y empezó a tener hambre, así que decidió ir en busca de un trocito de queso para quitarse el gusanillo del estómago, y cuando se puso de pie… ¡Pum!, cayó de bruces contra el suelo De tanto intentar atarse los cordones, se había hecho un lío entre los dos zapatos, que tras el trastazo no consiguió solucionar, y de la impotencia que sentía, se puso a llorar en bajito para que nadie le oyera

Rodolfo que estaba pendiente de Pérez desde que le dejó en su “misión cordones”, oyó el golpe y fue a ver qué le pasaba Cuando llegó a su lado le dijo: “Venga Pérez, tú puedes, yo te quito el lío que tienes ahí, tú te secas las lágrimas, te enseño a atarte los cordones, y nos vamos a comer juntos, ¿te parece?” El ratoncillo diminuto a pesar de sentirse el roedor más desdichado de su madriguera urbana, miró a su amigo, se secó las lágrimas y se dejó ayudar En cuestión de segundos, Pérez, como era de esperar, aprendió a atarse los cordones de los zapatos Una gran sonrisa se dibujó en su cara, y se fue a comer con todos muy satisfecho de su hazaña, y de la ayuda que había recibido

Cuentos Infantiles: El Ratoncillo diminuto aprendió a atarse los cordones [En Español]
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