Me demoré tres meses en dar lactancia materna exclusiva a mi hija. Pasé por todas las etapas e hice de todo.

Hoy, con la información que manejo me di cuenta de que sólo me faltó asesoría, ya que toda mamá es capaz de dar leche a su cría (en circunstancias normales).

Así que, si estás pasando por una crisis con tu lactancia, sientes que no tienes suficiente leche, que tu bebé queda con hambre o simplemente estás a punto de “tirar la toalla” porque tienes tus pezones rotos y ya no puedes más de dolor, yo te digo con mucha humildad y desde la vereda del amor: se puede, busca ayuda e inténtalo. Lo más importante es tener confianza en ti misma y si sientes que la has perdido, es hora de recuperarla.

Por eso te comparto mi experiencia.

Mi parto fue normal. Dos días en la clínica y para la casa. Mientras estuve allá, todo bien. Pensé que en lo que llevaba de tiempo había amamantado bien a mi hija. Nunca nadie me revisó mis pechos. Sólo una vez una enfermera me miró y me dijo: “estás súper”‘. Gran error mío, no preguntar nada, ni siquiera por curiosidad.

Primer día en casa y las cosas iban normales hasta que llegó la noche y mi pequeña Trinidad no paró de llorar. Junto a mi marido nos desvelamos paseándola e intentando consolar su llanto. Estuvimos completamente angustiados sin saber porqué lloraba. Llegó la luz del día y la pequeña se fue calmando, sólo lloraba a ratos.

Pero, ahora era mi turno. Y es que comenzaría a llorar más que ella. Mis pezones estaban hecho pedazos y me dolían mucho; el sólo hecho de colocarme a mi bebé, era un suplicio. Y vino el segundo error: empecé a usar pezoneras -pensando que así podría mejorar- y lo único que logré fue que mi niñita tomara aire. Y, avanzado el día y como era de esperarse, Trinidad volvió a llorar como la noche anterior. Ahora, no había duda, mi hija tenía hambre y mucha.

Tercer error: no tenía extractor de leche. En mi desesperación llamé a mi matrona y me aconsejó sacarme leche y darle con mamadera. Mi marido fue a comprar un extractor de leche materna y sólo consiguió uno manual que -dicho sea de paso- a un par de primerizos en apuros, no los ayudaría mucho. No conseguí sacar leche y el dolor en mis pechos aumentaba y mis mamas se empezaban a poner duras. Temía que me diera mastitis.

Era muy tarde y mi angustia era enorme. Gracias al consejo de mi madre, le pedí leche materna a una amiga que hacía dos meses había tenido a su bebé. Se extrajo leche y no dudó en ayudarme. Pasada la medianoche, mi hija por fin se estaba alimentando.

Si mi amiga no me hubiese donado de su leche nosotros hubiésemos pasado otra noche en vela sin calmar el llanto de hambre de mi hija. Lo que nos pasó fue grave. La tuve casi un día entero sin alimentarse. Y todo, por ignorancia; por no informarme debidamente a tiempo y de alguna manera idealizar el post parto.

Porque creí que todo fluiría de manera normal, porque pensé que era cosa de ponerse al bebé al pecho y listo. Y no, es mucho más que eso. Es conocerse y educarse sobre posturas y agarre. Generalmente cuando no hay un buen agarre de la boca del bebé al pezón, es que se hacen las grietas y la lactancia fracasa.

Lactancia mixta

No podía arriesgarme a que mi niña volviera a sentir hambre así que le compré leche de tarro. Pero jamás dejé de ofrecerle el pecho a mi bebé. Nunca, incluso con el dolor que eso significaba, pues las heridas no habían sanado. Y ése fue mi primer punto a favor. De a poco fueron terminándose los errores y mamá fue confiando en su instinto.

Pasaron tres meses. Fueron tres meses muy duros. En pleno puerperio, con mucha melancolía e inquietudes de primeriza, lloré mucho; de dolor, a veces de rabia; a veces de impotencia. Pero ahí estaba y seguía…

Seguí mi instinto

Podía dudar de todo, pero no de mi instinto. Entendiendo mi rol de mujer mamífera, sabía que la naturaleza no se equivocaba conmigo y que sólo era cosa de esperar. Me la pasaba preparando mamadera, poniendo a mi hija a mi pecho y extrayéndome leche (para desinflamar) Tuve días de desesperanza extrema donde quise abandonar la lactancia. El dolor de mis pechos muchas veces me superó. El no llenar una mamadera tras la extracción me deprimía. No obstante, continué.

No sé en qué momento no hice más una mamadera con leche de tarro. De pronto junto a mi hija nos conectamos exclusivamente gracias a la leche bendita que brotaba de mi ser. Me pasé meses llorando todos los días, todos, sin excepción. Pero las cosas comenzaron a cambiar y la tranquilidad al fin fue llegando.

Ridículamente y por consejo de un pediatra, anotaba cada vez que daba pecho a mi hija y siguiendo su palabra, dejaba pasar dos horas entre toma y toma, nunca le di antes, aunque ella me lo pidiera. Pues bien, cuando la calma llegó, también prevaleció mi decisión; dejé de anotar y la lactancia por fin fue libre.

Amamanté a mi hija cada vez que ella quiso, sin anotaciones ni horarios. Y la naturaleza siguió de mi lado. Ambas logramos templanza. Mis pechos no volvieron a romperse y, por supuesto busqué otro pediatra.

Y así el tiempo pasó. Vamos en un año y medio de lactancia. Ahora espero llegar a los dos años como recomienda la Organización Mundial de la Salud, y si no lo logramos y en el camino pasa otra cosa, no importa.

Cumplimos nuestra propia meta hace rato y yo como madre estoy más que satisfecha y agradecida.
Si yo pude, tú también. Lo importante es querer, romper mitos, vencer miedos y asesorarte bien. Que nadie te diga que no.

Te gusto?