Es sabido que la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda la lactancia exclusiva durante los primeros seis meses de vida del recién nacido y, una lactancia extendida hasta los dos años. Esto también es avalado por la Unicef. Y es que no hay dudas de que la lactancia materna es lo mejor que una madre le puede ofrecer a su hijo. Además de fortalecer el vínculo entre ambos, ayuda al sistema inmunológico tanto de la madre como del lactante y es la mejor fuente alimenticia para el niño, ya que contiene todo lo que éste requiere y se adapta según sus necesidades.  De hecho, hoy es normal (como debió ser siempre) ver a las mujeres amamantando en cualquier parte. Y es que tanto madre como lactante están –bajo mi punto de vista- ejerciendo el derecho que les otorga la naturaleza. Pero, ¿qué pasa con aquellas madres que por el motivo que sea han “destetado” a sus hijos?, ¿las condenamos socialmente o las respetamos igual que al otro grupo de mujeres? En honor a la verdad, creo que es más la condena que el respeto y, esto pasa porque no nos preguntamos qué fue lo que le ocurrió a esa madre para tomar la decisión. Y es que criticar y emitir juicios desde la vereda del frente parece fácil y cómodo.

Nadie pone en dudas que la lactancia es insuperable. Y si me preguntan a mí, me encantaría amamantar a mi hija hasta los dos años o más. Pero a veces no todo sale como uno quiere y si alguna vez yo critiqué y también hice juicio de valor a alguna mujer que abandonó su lactancia, hoy me retracto. Porque los factores pueden ser múltiples; depresiones, traumas, miedos, soledad, la presión por volver al trabajo, incluso alguna enfermedad. (Porque convengamos que en la mayoría de los casos no se trata de un simple capricho por ansias de libertad, siempre hay una explicación detrás). Con todo lo expuesto, la mujer se vuelve un ser humano vulnerable y, aunque no era su fin, en el camino debe abandonar la lactancia -no por ser mala madre- sino porque su cuerpo y mente no fueron capaces de continuar. Y ése también es un acto de amor. La madre se ha enfrentado a sí misma y reconoce que tiene que parar y optar o –en ocasiones- acatar lo que su cuerpo le dice. Así, la decisión se transforma en un acto de respeto hacia la madre y el niño, pues la mujer está queriendo lo mejor para él, como casi todas las madres del mundo, ¿no? Y de pasadita también está cuidando de ella. ¿Es posible entonces dar una mamadera libre de culpas y miedos, con mucha ternura y amor? Claro que lo es. En este momento yo me encuentro en la transición “teta-mamadera” y puedo decirles que de fácil no tiene nada. Pero tengo la clara convicción de que es lo mejor para mi hija y para mí. En mi caso lo hago por un factor que se me escapa de las manos. A sus 10 meses de edad, la dentición de mi hija ha sido más difícil de lo esperado y mastica todo, incluyéndome. Y la situación ya se hizo insostenible, de hecho me dio mastitis. Por lo tanto, prefiero dejar de lactar nerviosa, con miedo y angustia y, comenzar a dar leche de tarro en una mamadera. Y lo haré de la forma más dulce y tierna. Quizás, cuando todo vuelva a la normalidad retome la lactancia o tal vez ya no pueda. Como sea, hoy le seguiré dando lo mejor de mí a mi hija. Una mamadera no cambiará la forma en que la abrazaré, besaré, miraré a los ojos y le diré “te quiero”. Una mamadera no cambia el amor infinito que siento por ella.

El debate está abierto: ¿una lactancia con dolor o una mamadera con amor? Lo primordial siempre es informarse, agotar las instancias, buscar ayuda, preguntar. Ésa es la única manera de tomar una decisión que -más allá de si es o no la correcta- deje en paz a tu corazón. Yo fui al médico, busqué asesoría, hablé con mi familia, leí, pregunté y decidí. Si estoy equivocada, el tiempo lo dirá. Por ahora debo sanarme y ser valiente para que mi niña tome con amor el alimento -por ahora sustituto- que le dará su mamá.

Lactancia materna v/s mamadera
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