“Cuando tu hija cumpla seis meses vas a hacer tu vida normal”.  Eso me dijo una amiga cuando mi niña aún no cumplía los 3 meses de edad y yo era aún muy nueva en este mundo como para tener una buena respuesta. En ese momento sólo pensé: “¿que pasará a los 6 meses, podré dormir un poco más?” Fue lo único que se me vino a la mente. Pero ahora que lo veo todo de una manera distinta, si hoy escuchara ese comentario de nuevo, sabría bien qué decir. Y es que sí, por supuesto que la maternidad no es fácil, mucho menos si eres primeriza. Pero yo en ese minuto ya tenía bastantes temores como para más encima sumarle ansiedad a mi vida. Además, no pedí el consejo y a veces en las noches me daban vueltas esas palabras y pensaba: “¿Tan terrible es convertirse en mamá? Yo no estoy viviendo una condena”.
¿Qué es eso de vida “normal”? Considero que, como muchas mamás del mundo, tengo una vida bastante normal. Una vida en la que mi hija colma mis días de amor, no exentos de dificultades, miedos e incertidumbres. Pero una vida normal o “semi normal”, o “más o menos normal”, como quieran llamarle. Es una nueva vida, sí. Distinta, sí. Pero, ¿distinta a qué, a mi vida de antes? Eso es lógico, ¿no? Cada etapa de la vida se vive de una forma diferente; la niñez, la adolescencia, la adultez, la vejez. Y porqué sería la excepción la maternidad. Cuando te conviertes en madre, te transformas en un nuevo ser humano que es capaz de dar la vida si fuese necesario por ese otro nuevo ser humano, pequeño e indefenso que depende en lo absoluto de ti. ¿Cómo no van a cambiar las cosas? Cambian las prioridades, cambia tu cuerpo, cambia tu sueño, tu forma de disfrutar e incluso cambia la manera en que observas la vida. Pero eso de decir casi como un consuelo o como una frase que te aliente a llegar a la meta, “ya vas a tener tu vida de vuelta” -porque eso es lo que interpreto- es como decir: “tranquila, cada vez queda menos para salir de la cárcel”. Y es que bajo mi punto de vista un comentario así denota ansias de libertad y de añorar eso que ya no tienes. Y cuando estás con tu recién nacido en brazos y viviendo una etapa en la que te vuelves tan vulnerable, puede ocurrir que más que alentarte a vivir tu maternidad de forma plena, te llene de miedos que a lo mejor ni siquiera tenías.
No pretendo ser grave ni hacer juicios de valor, pero sí tengo la convicción de que debemos ser muy cuidadosas a la hora de “aconsejar” a una nueva mamá. Hay cosas comunes que nos pasan a todas, en mayor o menor medida, pero nos ocurren sí o sí. Pero, como cada quien lo vive es lo que hace de éste un mundo de diversidad.
Algunas mamás desde antes que nazcan sus bebés, saben que volverán a sus trabajos apenas termine su post natal. Otras, como yo, deciden criarlos en casa. Ninguna opción puede ser juzgada, porque son situaciones y condiciones distintas y únicas. Lo que me parece muy mal es que alguien, cualquiera que sea, me diga que mi vida ya pronto será normal, porque nunca ha dejado de serlo. No me siento viviendo una condena, ni lo sentí antes. Tengo días abrumadores en que incluso se me caen las lágrimas de frustración. Tengo días en que no puedo lavar la loza porque mi hija sólo quiere estar en brazos. Tengo días en que me quedo lista y arreglada para salir y mi panorama cambia de un segundo a otro porque mi guagua se quedó plácidamente dormida. Tengo días en que no me gusta estar solas las dos. Tengo días en que lo único que quiero es que el reloj avance y poder tenderme en la cama. Tengo días y son casi todos, en que me siento cansada. Pero tengo días y son todos, en que ver a mi hija crecer sana y alegre, me convierten en la mujer más feliz de la Tierra. Mi vida es normal igual que la de muchas mamás que a esta hora me leen y miran a sus hijos y se sientes dichosas por su labor. No estamos cumpliendo condena, sólo nos convertimos en madres.

No cumplo una condena, ¡¡sólo soy mamá!!
Te gusto Recuerda votar