Cuando tenemos a un recién nacido en casa sabemos que su llanto indica una necesidad. Normalmente, el bebé puede llorar porque tiene hambre; porque tiene el pañal sucio; porque siente frío o calor; o incluso porque tiene un cólico. Sin embargo, cuando ya has tratado de descubrir qué es lo que tiene y obviamente ya lo pusiste a tu pecho, pero su llanto no cesa, es que las mayorías de las mamás nos empezamos a desesperar. Y entre desesperación y angustia, el corazón materno dice que ese pequeño quiere estar pegadito a ti…y no te equivocas. Le ofreces el pecho una y otra vez, pero no deja de llorar y peor aún, no deja de exigir su “bendita tetita“. Toma leche sin parar, se detiene y sigue. Se nota incómodo, parece no quedar satisfecho. Y así, una y otra vez. ¿Qué le pasa a mi bebé?, ¿Será que está quedando con hambre?, ¿No tengo suficiente leche?, ¿Me estará manipulando? Ninguna de las anteriores. Pues lo que pasa es que tu hijo está viviendo un brote de crecimiento. Y está lejos de tratarse de maña, berrinche o manipulación por tenerte cerca. Es exactamente su necesidad de tomar leche y regular así su nuevo ciclo. Sabemos que a mayor demanda, mayor producción y, eso es justamente lo que el bebé quiere lograr. Siempre lo digo, la naturaleza es sabia y no se equivoca. Tu hijo reclama por lo que su cuerpo le pide. ¿Qué pasa? El bebé está creciendo y necesita aumentar la producción de leche de su madre, por lo tanto, toma y toma sin parar hasta regular la cantidad y luego, la lactancia se hace más espaciada y todo vuelve a la normalidad. Cabe mencionar que no a todos los bebés les ocurre, pero si eres mamá primeriza o estás embarazada, es bueno que sepas que a los infantes que sí les sucede les pasa más o menos al mismo tiempo:

A la tercera semana de vida: lloran mucho, no quieren estar lejos de mamá, regurgitan con frecuencia, exigen constantemente el pecho materno.

A las seis semanas: aumenta la demanda por tomar leche, se ponen nerviosos, pueden tirar el pezón y moverse bastante mientras maman.

A las doce semanas: al contrario de las conductas anteriores, los bebés no demandan tanto y la madre puede llegar a tener los pechos blandos. Cuando el bebé toma leche, lo hace inquieto y a veces distraído. Toma durante poco minutos. Llora con frecuencia. Ésta se reconoce como una de las peores crisis.

Al año: los bebés pueden comer menos alimentos por lo que aumenta la demanda de leche materna.

A los dos años: comienzan a demandar como un recién nacido. A esta edad los niños ya tienen independencia, pero también inseguridades, por lo que estar “colgado al pecho de mamá“, les hará sentir que todo está bien.

Si bien en el papel los brotes de crecimiento, parecen algo no tan extremadamente difícil de sobrellevar, en la práctica lo puede ser. Por ello, basado en mi experiencia personal con mi hija, es bueno estar preparadas y buscar ayuda si es que no se tiene, sobre todo cuando se trata de los primeros meses, y específicamente de la crisis de los tres meses, donde muchas madres pierden la fe en sí mismas y abandonan la lactancia o erradamente, la “complementan” con leche artificial. A veces el sólo hecho de tener una buena compañía que te de contención y te reafirme que lo estás haciendo bien, es más que suficiente.

Ahora bien, si tu bebé tiene estos síntomas en otra etapa que no sean las mencionadas o, la sensación de insatisfacción no cesa, siempre lo mejor es consultar de inmediato con un especialista médico. Lo más importante es la salud y tranquilidad tanto de la mamá como la del niño.

“¡No para de mamar y llorar!”… Tranquila, es un brote de crecimiento
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