Siempre he oído esa frase que dice que una mujer se siente madre desde el primer momento que sabe que está embrazada, mientras que un hombre no lo hace hasta que nace el bebé, y he de decir que estoy totalmente en desacuerdo con ella.

Es cierto que durante el embarazo de una mujer todas las atenciones se centran en ella, ya que es la encargada de albergar en su vientre al nuevo miembro de la familia, pero eso no hace que todas esas nuevas experiencias y ese proceso de creación de una nueva vida tengan un impacto menos importante en la vida de los futuros papás.

Recuerdo mi embarazo perfectamente, casi cada consulta con la matrona, los temidos días de báscula (estos en concreto creo que no los olvidaré, pero tampoco mi marido, al que tenía una semana entera antes de la cita de los nervios por si habría cogido mucho peso y él no hacía más que calmarme  para que no me preocupara por un tema tan banal, siempre que una esté sana), las ecografías, esos momentos mágicos en los que los dos juntos disfrutamos de los primeros sonidos del corazón de nuestro bebé, cuando pudimos ver sus manitas y sus pies, conocer su sexo y la tranquilidad que ambos sentíamos cuando los médicos nos aseguraban que todo iba bien, y así podría sumar un sinfín de experiencias más.

Recuerdo su preocupación y dedicación hacia mí y el bebé durante todos esos meses, que si me encontraba bien, que si me encontraba mal, si me dolía algo, me acompañaba a caminar cada día, me compraba y consentía cada uno de mis antojos ( he de decir que la empanada, la tortilla y los pepinillos se convirtieron en una parte vital de mi dieta, a cualquier hora del día).

Luego llegó el día del parto, los nervios, la tensión…

Creo que nosotras sufrimos y vivimos tanto la experiencia del embarazo como del parto, pero para ellos no es nada fácil, ya que en cierto modo nosotras controlamos nuestro cuerpo, sentimos al bebé, intuimos muchas veces cuando algo no está bien y llevamos las riendas en la mayoría de los casos durante el nacimiento, como por instinto, como si la propia naturaleza nos indicara que es lo que debemos hacer. Por otro lado, ellos se encuentran en una situación en la que solo pueden imaginar, imaginar si el bebé está bien, si se mueve mucho, si no lo ha hecho, si nosotras estamos bien, si nos duelen mucho las contracciones, si estaremos empujando lo suficiente, y está situación de incertidumbre durante todo el embarazo no la cambio por todos los dolores del parto (y hay que reconocer, que doler, duele un rato).

Después de todo esto llega el bebé al mundo y volvemos a lo mismo, pero desde otro punto de vista: visitas al hospital, lo primero es ver al bebé y luego ver que tal está la mamá, y siempre hay alguien que también se acuerda de felicitar al papá (que no todo el mundo), pasamos a la lactancia (materna en muchos casos) y el hombre vuelve a ser un espectador que no puede disfrutar de ese vínculo con el bebé. Ya no quiero entrar en el tema de las bajas y la conciliación laboral, donde hay una clara discriminación hacia los hombres, los cuales tienen el mismo derecho a disfrutar de los primeros meses de la vida del nuevo bebé y a ayudar a la mamá o ayudarse mutuamente en la locura de días que están por venir.

Creo que muchas veces no nos ponemos en la piel del otro y que aún a día de hoy no se les da a los papás el lugar que merece en la llegada del nuevo bebé.

En mi caso personal, me alegro de que mi marido disfrutara junto a mí de cada momento: durante el embarazo, el parto y cada uno de los días que han pasado desde entonces, en los que dicho sea de paso, las hormonas también nos juegan de vez en cuando alguna que otra mala pasada.

Papá y el Bebé
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