O choque del bebé, como se traduciría al español. Esta vez no quiero hablar de cifras ni de psicólogos, sino más bien narrar mi experiencia y cómo viví esta etapa, que muchos denominan “crisis matrimonial”, tras el nacimiento de un hijo.

Sin saberlo en su momento, con mi marido pasamos la prueba de fuego. Vivimos la inmensa felicidad de la llegada de nuestra hija, pero a la vez la incertidumbre de un matrimonio quebrantado. Y desde mi vereda debo confesar que de un momento a otro, en mi vida no hubo espacio para nadie más que no fuera mi bebé. El puerperio fue cosa de dos; ese ser pequeñito dependiente y yo. Papá estuvo, como siempre, pero fue casi invisible a mi nueva mirada maternal. No quise ignorarlo, pero de alguna manera lo hice. Y es primera vez que lo hablo, porque duele. Me duele y entristece. A mi defensa digo que no fue un acto consciente. Me enamoré  de mi hija y me dejé llevar por los sentimientos más profundos de la maternidad. Admiré este nuevo rol de mi esposo, su rol de padre. Amé su nueva forma de enfrentar la vida con su hija en los brazos, amé cada detalle, con ella y conmigo. Pero -no sé si por cansancio, dejo o comodidad- simplemente no se lo pude demostrar. Lo vi, lo observé, pero ahora como padre, no como pareja ni mucho menos como amigo. Y tomé distancia de él. Es como si su vida se hubiese puesto en paralelo a la mía y, junto a nuestro matrimonio, se hubieran quedado en pausa. No tuve tiempo para besos ni caricias, más que para mi bebé. Ni hablar de encuentros románticos ni una película hasta el amanecer. Tuve excusas. Muchas fueron de verdad, pero muchas por falta de voluntad y miedo. El cansancio le quitó protagonismo a mi sombra y preferí no llevarle la contra.

Hoy, puedo hablar esto en pasado, porque seguimos juntos, retomando el esquivo amor de pareja de hace un año. Y reconozco que fue paciente y comprensivo…a ratos no y me reclamó, pero supo esperar. Fueron duros momentos, el año más hermoso de mi vida, pero sumergida en un mar de emociones. Lloré mucho, porque una puerpera llora, pero creo que lloré más de la cuenta. Tuve ayuda, contención, comida caliente y una casa abrigadora. Sin embargo, nunca le agradecí a este nuevo papá, su rol, acompañamiento y paciencia, hasta ahora. Y está bien dar las gracias, reconocer -ojalá a tiempo- la voluntad y empatía del otro. Las cosas no deben darse por entendidas.

Es difícil. Ser mamá primeriza no tiene nada de sencillo. Sabía de los días tristes, sabía de la depresión post parto, de los dolores, estrías, lactancia materna, mamadera y mudas. Pero, nunca puse atención a la relación de pareja. Nunca antes leí ni escuché hablar del Baby Clash. Y ahora es que lo entiendo todo. Ahora comprendo porqué hay tantos divorcios en el primer año de vida del nuevo integrante de la familia. Y es que este ser humano pequeñito llega a revolucionar todo y adaptarse, cuesta. Ahora me hace tanto sentido… Y pienso que, aunque se puede seguir adelante, es un proceso complejo, del que debemos ocuparnos a tiempo ¿Cuál es la clave?, no lo sé. Creo que una cuota de voluntad, mucha comunicación para que el otro sepa qué es lo que te pasa y, por sobre todo, amor. Como todo en la vida, si el amor se acaba no hay mucho más que hacer. Y puede pasar. Y pasa. No es mito. Las parejas se separan porque no lo superan y no logran conciliarse. Y no es que el hijo sea el malo de la película y los padres sus víctimas. Muy por el contrario, a mí modo de ver, es la actitud con la que se enfrenta este nuevo proceso, donde la mujer muchas veces se enfrenta a una elección que no debiese: ¿pareja o bebé?

Mi hija hoy tiene 15 meses, es sana, fuerte y grande. Está rodeada de amor. Sus papás la aman y se aman, aún. Dimos la pelea y le ganamos al Baby Clash.

Una etapa difícil tras el parto llamada Baby Clash
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