Llegó el día tan esperado. Con el test y examen de sangre positivos, me fui al ginecólogo a corroborar lo que ya sabía. Tenía claro hasta mis semanas de embarazo. Puedo decir incluso, que sabía hasta cuántos días. Llegué a la consulta segura, con mucho nervio, pero llena de ilusión. Me acompañó mi marido, no sé porqué no entró conmigo. Me esperó afuera. Cosas de primerizos, pienso ahora. Crucé el umbral, ya estaba en mi primera consulta médica de embarazada y el corazón me latía a mil.

En ese preciso instante, el médico que me atendió mató de un momento a otro mi ilusión. Me cuestionó y preguntó cómo estaba tan segura de mis fechas. Se incomodó, por decirlo de una manera elegante, porque llegué con el examen de sangre en la mano y no pasé primero por su consulta, para luego ir a hacerme el chequeo y después volver donde él a que me dijera: “sí, estás embarazada”.

Yo eso lo sabía, lo que buscaba ahí era orientación, los pasos a seguir. ¿Qué tiene que hacer una embarazada?, ¿debo tomar vitaminas?, ¿puedo comer de todo?, ¿puedo contarlo ya?, ¿qué riesgos tengo?… Y bueno, no respondió ninguna de mis dudas. Él estaba enojado. De mala forma me recetó un par de vitaminas y me dijo que nos viéramos en un mes más. Literalmente me echó de su consulta. Por supuesto, nunca volví.

Busqué y busqué, pedí opiniones y referencias. Ya estaba muy asustada y no quería pasar por lo mismo otra vez. Llegué donde otro médico, con mucha experiencia. Cordial, simpático, ¡hasta cariñoso! Todo bien, hasta ahí. Pero, en una ecografía de control, el desatinado doctor a cargo del examen, con voz alta y clara dice: “desprendimiento ovular”.

Enseguida me inquieté y le pregunté qué significaba eso. Su respuesta fue tan burda que aún al recordarla me molesta. “Lo que escuchaste, un desprendimiento ovular. Tu médico verá si toma o no cartas en el asunto”. ¿Qué puede hacer una primeriza con apenas un par de semanas de embarazo, frente a tamaña respuesta? Salí muy angustiada a encontrarme con mi marido que, nuevamente, me esperaba afuera.

Salí mal, intranquila. No sabía cómo explicarle lo que había pasado porque en realidad, no sabía nada. Y se lo consultamos a Internet. Otro gran error. Me fui a casa devastada. ¿Mi bebé no va a sobrevivir?, ¿por qué el ecógrafo no me explicó nada? Me sentí tan poca cosa, una mujer insegura, incapaz de hacer valer sus derechos, incapaz de alzar la voz. ¿Por qué no insistí y le pregunté más enérgicamente lo que me ocurría? Me sentí violentada por segunda vez.

Y no fue hasta el siguiente control con quién era, hasta ese momento, mi ginecólogo, que encontré la respuesta. Reposo y progesterona. Al pasar las semanas, me dieron el alta. Todo estaba bien. Y a mí, me volvía el alma al cuerpo. Fue entonces cuando empecé a investigar y a soñar mi embarazo y posterior parto. Fue cuando comencé a tomar real conciencia de todo lo que estaba por venir.

Quise tener muy claras mis decisiones para disfrutar de los meses más lindos e importantes de mi vida. Y debo decir que lo hice, tuve un buen embarazo, pero en el camino me tropecé con muchas piedras. Y ahí estaba de nuevo. No me dejaban tranquila. Tenía cinco meses, cuando en un nuevo control y a esas alturas creyendo saber mucho, se me ocurre hablar del  parto con el doctor y, de lo que pretendía hacer para prepararme; yoga, natación, taller de respiración, manejo del dolor y un largo etcétera.

Y, bienvenida la violencia. Sí, una vez más. Porque sentirse violentada no ocurre sólo producto de un empujón o una cachateda. No, violencia es denostar a una mujer gestante y vulnerarla al punto de insegurizarla. Al médico sólo le faltó tratarme de “tonta”. Me dijo que aquellas prácticas que le mencioné eran sólo “saca-plata” y que no me serviría de nada. “Cosa tuya si quieres gastar en tonteras”.

Y, peor aún, cuando le mencioné mis ganas de un parto vertical… “Puros inventos de ahora”, añadió. Realmente en ese momento no sabía si reír o llorar. ¿De verdad me estaba pasando eso? Nuevamente me sentí mínima, sin ganas de decir nada. Me dio miedo. Me cuestioné. Antes de salir de aquel nefasto control, le mostré que tenía la piel de mi barriga algo seca y que me picaba. Le pregunté si me recomendaba alguna loción. Había leído sobre unos aceites.

Su respuesta fue rotunda: “No, no hay nada científicamente comprobado que ayude a la piel de la embarazada”. Pero, ¿qué le pasa?, pensé. Tomé la mano de mi marido y salimos de ahí rápido, ambos con una sonrisa a medias, de esas sonrisas nerviosas. Quería correr a cualquier lado. ¿Por qué me respondió así?, ¿por qué no me ayudó?, ¿será que realmente estoy equivocada?, ¿cómo será entonces mi parto?, ¿todo lo que quiero está mal? Una vez más sentí que limpiaron el suelo conmigo y ya no me quedaban convicciones.

Tomé un taller de respiración consciente y me conecté de maravillas con mi hija. Y comencé una nueva búsqueda. Decidí que no volvería donde el inicial “amable” ginecólogo. Me perturbaba la idea de estar en la mitad de mi embarazo y no tener todavía un médico de cabecera. Busqué mucho, más que antes.

Hice listas de médicos y fui descartando. Me cambié incluso de clínica. A esas alturas ya no importaba ni siquiera el plan de la isapre. Y llegué donde el indicado. Parece que la tercera sí es la vencida. Resolvió mis dudas, me contuvo y me hizo sentir cómoda y segura. Pero, no puedo decir lo mismo de los otros médicos, enfermeras y auxiliares que me tocó encontrar en lo que quedaba de camino.

En la semana 32 tuve contracciones fuertes que me llevaron a urgencia. El doctor de turno, lo primero que me dijo fue: “neonatología está lleno”. Casi morí del impacto. ¿Va a nacer mi hija?, pensé. Pero si ni siquiera me había revisado. Después de unas largas horas decidieron hospitalizarme, “por si acaso”.

Para mi mala suerte, mi médico estaba en el extranjero. Después de tres días me dieron el alta. No hubo un solo ser humano de esa clínica que no me hiciera sentir que era candidata para una cesárea. Pero, las contracciones cesaron y me fui a casa.

Cuando por fin estuve con mi doctor, él me confirmó que procedieron mal, y cómo no, si en la urgencia misma, nunca me atendió un especialista. Pasé tres días gratuitamente asustada, mirando de reojo el pabellón y rogando a Dios porque mi hija no naciera prematura. Y sólo se trataba de las famosas contracciones de Braxton Hicks.

Pero las cosas no terminaron ahí.  Cuando estaba, en ese momento sin saber a ciencia cierta, que faltaban sólo 48 para que mi niña naciera, fuimos de nuevo a la urgencia, porque el dolor de las contracciones era intenso y distinto al de antes. Yo sabía que se acercaba el momento de dar a luz. Después de la revisión de rutina y corroborar que “todavía me faltaba” (tenía sólo 1 cm de dilatación), la enfermera auxiliar que me atendió se acercó a mí para retarme: “Tienes que venir a la clínica cuando sea verdad. Así lo único que vas a conseguir es que te partan la guata”.

Pavor, eso fue lo que sentí. Volví a casa con el mismo dolor con el que me fui. Pasaron alrededor de 15 horas antes de ir de nuevo a la clínica. No quería que me volvieran a tratar mal. Pasé casi todo el “trabajo de parto” en casa porque no quería una mala experiencia de nuevo. Y para qué hablar de mi matrona.

Cada vez que la llamaba para que me guiara (estaba en la playa), sólo se limitaba a decir que tal o cual síntoma no significaba nada. “Si no te complica, anda de nuevo a urgencia”, me lo respondió en dos ocasiones. No hubo un tercer llamado. Nos fuimos a tener a mi bebé, cuando mi marido y yo decidimos que era el momento. Y fue el momento correcto. Al par de horas Trinidad estaba en mis brazos.

Y a pesar de todo, fue un parto respetado, humanizado, hermoso y cercano. Yo saqué a mi niña desde mi ser y su padre cortó el cordón umbilical. Los malos momentos no se me olvidaron, pero gracias a ese lindo nacimiento, mi corazón se volvió a calmar.

Y si hoy escribí esto es porque quería encontrar el momento adecuado para hacerlo. Hoy,  parece que nuestra sociedad se ha vuelto más violenta que nunca y asesina la inocencia.

La violencia obstétrica existe, es real y también mata a mujeres y bebés. Yo la viví, quizás no de una manera tan grave como para dejarme una secuela física o un trauma. Pero duele. Duele ver como abusan del poder.

Duele sentirse menospreciada. Duele que no te crean. Duele que no te respeten. Y para que deje de ser una práctica habitual, debemos informarnos y creer en nuestra intuición. Que nadie se atreva jamás a vulnerar tus derechos de madre, mujer, gestante. No queremos más violencia. Tú,  eres merecedora del respeto.

Violencia obstétrica: Desde una mala palabra a un mal procedimiento. Yo lo viví.
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